“‘Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?’ Ella respondió: ‘Nadie, Señor’. Dijo entonces Jesús: ‘Tampoco yo te condeno. Vete, y no peques más'” (Juan 8, 1-11).
Quisiera llamar tu atención, hermano mío, hermana mía, a lo que el Evangelio nos trae hoy, de esta mujer que se encuentra con Jesús y no fue hostilizada por Él, sino acogida.
Vete y no peques más
Lo más importante de la misión de Jesús es acoger al pecador arrepentido. Si tú te arrepientes y deseas cambiar de vida como esa mujer que se arroja a los pies de Jesús y escucha de Él lo siguiente: “Tampoco yo te condeno. Vete, y no peques más”, entonces el Evangelio nos muestra, a partir de una mujer acusada de cometer adulterio, cómo Dios trata con nuestras decisiones equivocadas. Diciendo lo mismo que le dijo a aquella mujer: “Yo no te condeno. Vete, y no peques más”.
Quizás hayas elegido vivir y hayas tomado decisiones equivocadas, y quizás tengas miedo. ¿Me acogerá Dios ante este pecado mío? ¿Ante esta realidad que estoy viviendo y que no agrada al corazón de Dios?
El Señor te dirá lo mismo: “Yo no te condeno. Vete, y no peques más”.
La gran preocupación de Dios no es castigar a quien falló, a quien pecó, sino señalar a sus queridos hijos un camino nuevo de libertad, de realización y vida eterna.
Dios no nos señala nuestros errores, sino que Él quiere que lleguemos al conocimiento de la verdad, que lleguemos a la salvación.
Jesús, hermanos míos, está ofreciendo a esta mujer lo que ella no encontró en aquellos que estaban allí, acusándola: acogida.
La gran virtud de Jesús es acogernos, incluso cuando estamos en una vida pecaminosa ante nuestra libertad y las elecciones que hacemos.
Quisiera que tú hicieras la experiencia que hizo esa mujer, de ser amada, acogida y no rechazada.
¡Cuántos de nosotros somos rechazados por las personas, por los errores que cometemos! Pero si nos arrepentimos, Dios no nos trata según nuestras faltas, sino que nos ama profundamente y quiere darnos vida nueva. Esa vida nueva la vas a encontrar solamente en nuestro Señor Jesucristo, como aquella mujer la encontró.
Quiero decirte lo que Jesús le dijo a aquella mujer: “Yo no te condeno. Vete, y no peques más”.
Acoge, hermano mío, el amor de Dios, Su misericordia, que puede cambiar tu vida y traerte la salvación que solo Jesús puede darte.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!