La gracia del martirio en el testimonio de la fe
Hoy, conmemoramos la memoria de San Andrés de Soveral y sus compañeros mártires. El martirio es un don de Dios para todos nosotros. Ya sea el martirio de sangre, como el de estos nuestros hermanos, ya sea el martirio blanco, que son las persecuciones, las calumnias —que es el verdadero testimonio ante una sociedad corrompida—. El Evangelio de San Lucas nos enseñará la gracia de la perseverancia y de vivir una vida entregada a Dios. El Señor afirma para nosotros:
“Sin embargo, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os digo que aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que esta ciudad.” (Lucas 10,13-24)
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Esta palabra de hoy, donde Jesús habla de la ciudad de Sodoma y Gomorra, nos hace un llamado: para llegar al martirio, para llegar a una vida entregada a Dios, ¿qué necesitamos? Necesitamos convertirnos.
La gracia de la apertura del corazón
El Señor está llamando a la puerta del corazón de cada uno de nosotros, Él está visitando a Su pueblo con Su misericordia. Tal vez tú y yo, hoy, necesitemos esta visita. Necesitamos la misericordia de Dios. Como Sodoma y Gomorra, que fueron visitadas por Dios, pero, lamentablemente, los corazones estaban cerrados, se endurecieron, y no pudieron vivir esta verdadera conversión. Y es interesante que el Señor ofreció Su misericordia, concedió innumerables oportunidades de conversión, pero Él jamás obliga a alguien a acogerlo.
Una elección libre y sincera
La gracia existe y exige de cada uno de nosotros una respuesta libre. La ciudad de Sodoma y Gomorra tuvo esta oportunidad de vivir la conversión, de entregar el corazón a Dios, de salir de la zona de pecado en la que vivía. Pero el corazón se endureció y no pudieron abrirse a la gracia.
Una respuesta a la gracia de Dios
Dios quería salvar, pero ¿qué sucedió aquí? Indiferencia. No acogieron las señales que Dios dio a cada uno de ellos. Estos hombres de Dios que vemos hoy —San Andrés de Soveral y sus compañeros mártires— muestran a cada uno de nosotros que no debemos ser cristianos indiferentes, sino que debemos acoger el Reino de Dios por medio de la conversión, por medio de la humildad y por medio de la misericordia.
Que el Señor nos ayude y que nuestro corazón se abra a la gracia de Dios. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Amén!


