Entrega y búsqueda de una santidad inquebrantable de un mártir
En el Evangelio de hoy, Juan nos lleva al encuentro de un hombre de Dios cuya fiesta estamos celebrando: San Lorenzo, diácono. Él tuvo la audacia de pedir a sus torturadores, cuando estaba sobre una parrilla ardiente, que lo dieran vuelta. Es decir, una confianza inquebrantable.
No sintió dolor, no sintió el sufrimiento de aquel momento terrible. Esto nos enseña que, si confiamos en nuestro Señor, Él nos dará toda la consolación necesaria para los momentos difíciles de nuestra vida, y el Evangelio dice justamente esto:
«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, entonces produce mucho fruto» (Juan 12,24-26).
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Jesús nos revela que la verdadera fecundidad nace de la entrega, nace del sacrificio y del amor vivido hasta el final.
La entrega que da fruto: el ejemplo del grano
San Lorenzo nos muestra claramente que se dejó triturar como trigo, como signo de entrega, de sacrificio y de amor hasta el fin. San Lorenzo fue diácono de la Iglesia de Roma y entregó su propia vida por amor a Cristo y a los pobres. Las palabras del Evangelio nos llevan a comprender que el grano de trigo debe morir para producir fruto, para que podamos servir y seguir hasta la vida eterna.
El verdadero sentido del sacrificio es el amor
Jesús no está exaltando el sufrimiento por sí mismo, sino mostrando que el amor verdadero exige donación, sacrificio y entrega. Quien vive solo para sí mismo permanece solo; quien se entrega por amor produce frutos eternos. San Lorenzo comprendió esto de manera admirable. Su misión era cuidar los bienes de la Iglesia y servir a los más necesitados.
Cuando el emperador exigió los tesoros de la Iglesia, Lorenzo le presentó a los pobres y le dijo: «Estos son los tesoros de la Iglesia». Su espiritualidad estaba profundamente marcada por la caridad, el servicio y la fidelidad total a Cristo.
Si el grano de trigo no muere, no puede dar buenos frutos. Que el Señor nos conceda la gracia de tener una vida como la de San Lorenzo, que se entregó, se sacrificó y sirvió a nuestro Señor.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Amén!


