La parresía es el valor de anunciar la verdad
En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: “Ahora sí hablas claramente y no usas figuras. Ahora sabemos que lo sabes todo y que no necesitas que nadie te interrogue; por eso creemos que has venido de parte de Dios” (Jn 16,29-33).
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Los discípulos se dan cuenta de que ahora Jesús les habla claramente. Ese término, en griego, es parresía, una palabra que tal vez ya hayas escuchado, y que significa “hablar francamente”, sin rodeos, hablar directamente. Nos estamos acercando al acontecimiento de Pentecostés, y será necesaria mucha parresía para que los discípulos lleven adelante el mensaje de Cristo.
La claridad que nace de la intimidad
Vendrán muchos enfrentamientos y muchas persecuciones. Muchos se debilitarán y retrocederán. Muchos no soportarán la verdad y abandonarán el camino del Señor. La parresía con la que el Espíritu enriqueció a los discípulos es necesaria también en nuestros tiempos. Y no se trata de decir ciertas verdades de manera suicida, irresponsable o incluso agresiva, humillando o disminuyendo a las personas.
La verdad del Evangelio se impone por sí misma. A veces queremos hacer apologética —la defensa de la fe—, pero a costa de ofender al otro que piensa y cree de manera diferente. ¡Cuántos episodios de intolerancia hemos enfrentado los cristianos a lo largo de estos siglos de historia! ¡Cuántas cosas, cuánta persecución, cuánta humillación! ¿Y ahora vamos a hacer lo mismo que hicieron con nosotros?
Vivir la parresía con radicalidad y amor
Quien no quiera seguir a Cristo con toda su radicalidad, que sea feliz en su creencia y en su modo de vivir. El mensaje del Evangelio es radical para nosotros que acogemos a Jesús y lo aceptamos en nuestra vida como Maestro y Señor. Nosotros, que hemos decidido seguir el discipulado de Jesús, necesitamos esta palabra de parresía, sin medias verdades ni una vida cristiana superficial. ¡No! Vivamos con radicalidad, vivamos con profundidad el mensaje del Evangelio.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


