“Jesús enseñaba en el Templo, diciendo: ‘Vosotros me conocéis y sabéis de dónde soy; yo no he venido por mí mismo, pero el que me envió es fidedigno. A ése, no lo conocéis, pero yo lo conozco, porque vengo de parte de él, y él fue quien me envió’. Entonces, querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima, porque todavía no había llegado su momento” (Juan 7, 1-2. 10. 25-30).
Identificarse con Cristo
Amados hermanos y hermanas, quiero traerles hoy algo que es necesario y vital para nuestra espiritualidad, para nuestro caminar con Dios: reconocer a Jesús como Hijo de Dios. Y para reconocer a Jesús como Hijo de Dios, es preciso tener un corazón sencillo y abierto a sus iniciativas, que nos llevan a tomar actitudes justas y a rechazar aquello que viven los paganos.
Hermanos míos, ¿qué es la transformación en la vida de una persona? El reconocimiento de que Jesús es el Señor. Reconociendo esto, vamos cambiando nuestras actitudes, vamos cambiando nuestra mentalidad, nos vamos convirtiendo en mejores personas.
La adhesión a la persona de Jesucristo es para nosotros una auténtica realidad de una vida sincera y verdadera.
Una vida cristiana, sin tener a Jesús como centro, nos lleva a un abismo sin fin. Esta adhesión debe ser entendida no en el sentido débil de un simple acuerdo: hago un acuerdo con Cristo, lo acojo y de Él voy a recibir todo aquello que necesito. No es esa la realidad de la que estamos hablando. Adherir a Cristo es adherir a la salvación que Él vino a traernos.
Y, hermanos míos, hermanas mías, qué difícil es, en los tiempos de hoy, que las personas se adhieran a la propuesta del Evangelio y del Reino de Dios.
¿Por qué? Porque habrá que renunciar a muchas cosas y renunciar a muchos sueños, proyectos, para vivir los sueños y los proyectos de Dios. Por eso necesitamos identificarnos con Cristo y vivir su vida. Eso es lo más importante.
Una vez que acojo a Cristo, que deseo ser todo Suyo, voy a vivir los mismos sentimientos. Es lo que Jesús dijo en este Evangelio de hoy. Yo no he venido por mí mismo, he venido de Aquel que me envió, y hago las obras que le veo hacer a Él, es decir, Jesús. Él está íntimamente unido a Dios.
Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí, como dirá el apóstol Pablo a los Gálatas, en el capítulo 2, versículo 20.
Pidamos al Señor esa gracia de adherirnos a Cristo y poner en práctica Sus enseñanzas.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!