En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ‘¿A dónde vas?’. Pero, porque os he dicho esto, la tristeza ha llenado vuestros corazones. Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, Él demostrará al mundo en qué consisten el pecado, la justicia y el juicio” (Jn 16,5-11).
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La primera afirmación de Jesús en el Evangelio puede hacernos pensar que Él esté con una especie de nostalgia anticipada o necesitado del afecto de sus discípulos, de quienes estará lejos en el futuro. Pero no es nada de eso.
La libertad es el fruto del amor
Jesús está mostrando una de las prerrogativas de un verdadero amor. ¿Qué debe tener un verdadero amor? Generar en el otro autonomía y libertad. El amor que no lleva al otro a madurar, a ser quien realmente es y a tener la capacidad de decidir libremente ante los desafíos de la vida no es amor, es esclavitud.
“Es bueno que yo me vaya”, dice Jesús. Él está creando un espacio para que el Espíritu Santo continúe su obra en la vida de los discípulos. Es la mayor expresión de la libertad del amor. Es mejor una tristeza momentánea que una codependencia afectiva eterna, que puede generar una relación asfixiante y anuladora de la persona del otro.
Una invitación al crecimiento espiritual
Jesús está disipando el miedo a la ausencia física que los discípulos experimentarán con su partida. Sin embargo, Jesús estará tan presente en sus corazones por el don del Espíritu Santo, que ya no habrá un solo Defensor, sino dos: Jesús y el Espíritu Santo.
Así es el amor libre: suma en nuestra vida, no divide, sino que añade. Quien da un paso atrás para dar espacio al otro termina trayendo a otra persona a la escena, y así sucesivamente. Son amores que se multiplican y no que se apropian del otro como si fuera una posesión.
Jesús está confiando al Espíritu Santo la tarea de construir en sus discípulos todo aquello que Él ya había anunciado. A veces, en nuestra vida también es así: es necesario dar espacio para que el otro sea quien es.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



