El camino de Cristo: El llamado al discipulado
El Evangelio según San Lucas (9, 22-25)
En aquel tiempo, Jesús decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por causa de mí, ese la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?». (Lucas 9, 22-25)
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Ir detrás de Jesús
Bien, cuando Jesús dice «si alguno quiere seguirme», en griego se utiliza la expresión “opíso erchesthai”, que significa literalmente «venir detrás de mí». Este es el punto de partida para cualquier discípulo: configurar su vida imitando a Cristo en cada paso, recorriendo el mismo camino que Él recorrió.
Sin embargo, hay muchos discípulos que pretenden ir delante de Jesús, en lugar de ir detrás. Todavía hoy existen personas que quieren darle lecciones a Jesús. De vez en cuando, veo a algunos supuestos «defensores de la fe» que pretenden enseñar al Papa, a los cardenales y a los obispos sobre la doctrina de la Iglesia Católica.
Es cierto que el diálogo abierto con los pastores de almas —ya sean sacerdotes, obispos o incluso el Santo Padre— está previsto incluso en el Código de Derecho Canónico. Todos los fieles tienen el derecho de exponer lo que piensan y sienten a sus pastores. No obstante, la falta de respeto y la ofensa son inadmisibles para un católico que se precie de serlo. Ir detrás de Jesús: ese es el lugar que le corresponde al discípulo.
Primera decisión: Renunciar a sí mismo
Para quien desea seguir a Jesús, existen dos decisiones fundamentales. La primera es renunciar a sí mismo. No se trata aquí de anular la propia personalidad; Cristo jamás violaría la dignidad de nadie. Renunciar significa matar el egoísmo que habita en nosotros y abandonar los intereses personales.
No hay nada más triste que encontrar a un consagrado o a un discípulo de Cristo que, en todo momento, solo piensa en satisfacer sus propios intereses. En la vida de alguien que actúa así no hay espacio para las iniciativas de Dios. Para esa persona, las cosas solo tienen sentido si cumplen con sus propios anhelos. Quien no renuncia a sí mismo, termina renunciando al propio Cristo.
Segunda decisión: Tomar la cruz
La segunda decisión es tomar la propia cruz. No existe vida en Cristo sin sacrificio. La cruz es el símbolo de todo el precio que cuesta pertenecer a Jesús; representa todo lo que conlleva la elección hecha por el Señor. Tomar la cruz significa asumir las consecuencias de una opción de vida que puede incluir, incluso, la entrega de la propia vida.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



