Qué sucede cuando la luz de Cristo encuentra las sombras que intentamos ocultar
Estando con sus discípulos en Cafarnaúm, Jesús, un sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos quedaban admirados de su enseñanza, porque enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Se encontraba en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que gritó: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús lo increpó: “¡Cállate y sal de él!” (Marcos 1, 21b-28).
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Muchas veces sentimos una inquietud interior al escuchar ciertas verdades. Este malestar no es una mala señal, sino el inicio de una liberación profunda. En el Evangelio de hoy, vemos cómo la luz de Cristo manifiesta —y expulsa— las sombras que intentan esconderse en nuestra vida.
Las dimensiones de nuestra vida que aún se resisten a Dios
El texto nos presenta un espíritu inmundo en la sinagoga: akathartos, es decir, aquello que no ha sido purificado. En realidad, es un hombre poseído por ese espíritu. Aquel mismo hombre que estamos llamados a ser —con una vida plena y llena de Cristo— se ve, a veces, dominado por el maligno y por lo impuro.
Debemos reconocer que existen partes de nosotros que aún no han permitido que la luz de Cristo las alcance. Por la fuerza de nuestro libre albedrío o por resistencia a Su amor, todavía no hemos dejado que el Señor tome posesión de nuestro corazón por completo. Son dimensiones de nuestra persona que no son puras y no están genuinamente según el proyecto de Dios, pues todavía ceden a los llamados del mal.
La inquietud interior como camino de liberación
Es precisamente cuando Jesús enseña con autoridad las cosas referentes a Dios que el mal se manifiesta por contraste. Guardando las debidas proporciones, es lo que sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y experimentamos una cierta inquietud interior ante nuestras elecciones y los rumbos que estamos dando a nuestra vida.
La purificación es un proceso de liberación fuerte que la escucha de la voz de Jesús nos proporciona. Cuando el espíritu impuro oye al Señor, reacciona inmediatamente. El mal reconoce la presencia de lo sagrado y se siente amenazado, pues sabe que la santidad de Cristo es el fin de su influencia sobre nosotros.
Hagios: La santidad que destruye toda imperfección
El espíritu impuro utiliza para Jesús un adjetivo completamente opuesto a su propia naturaleza: Hagios, el Santo, el Consagrado. Algo muy puro y separado para Dios. El propio demonio sabe que Jesús se manifestó para destruir sus obras y restaurar nuestra dignidad original.
Por eso, podemos confiar: cuando venga lo que es perfecto, lo imperfecto desaparecerá. Hoy es el día de la realización de esta profecía en tu historia. Cristo, el Santo por excelencia, viene a nosotros para purificarnos de todas las imperfecciones.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



