Predicar el Evangelio como discípulos bien formados
En aquel tiempo, Jesús contó una parábola a los discípulos: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es superior al maestro. Todo discípulo bien formado será como su maestro. ¿Por qué ves tú la paja en el ojo de tu hermano y no percibes la viga que hay en tu propio ojo?” (Lucas 6,39-42)
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Bienvenidos, mis hermanos y mis hermanas, a nuestra homilía diaria. Aquí en Brasil, septiembre es el mes dedicado a la Biblia. San Pablo, en la primera lectura de hoy, dijo que existe una imposición de predicar el Evangelio. Es algo que se impone, porque esto deriva de nuestro bautismo. Nosotros, como bautizados, somos predicadores del Evangelio, anunciadores de la Buena Nueva.
Predicar la Buena Nueva con preparación y coherencia
Sin embargo, el Evangelio de hoy deja claro que el discípulo necesita estar preparado, bien formado. *Katartizo*, del griego, quiere decir completo, listo para ser examinado, puesto en orden o perfeccionado. Vean, nosotros tenemos la obligación, como San Pablo nos afirmó, de predicar el Evangelio, pero este necesita primero pasar por nosotros, necesita tocar nuestra existencia y nuestra vida para que podamos ser buenos anunciadores de la Palabra.
Verse a sí mismo para dar testimonio
Karfós quiere decir residuo, el comportamiento, a veces moralista, de buscar pequeños errores en todo y en todos… Mucho cuidado al predicar el Evangelio, porque necesitamos tener atención con cada corazón. Después, aparece dokós, que significa una viga, un pedazo de madera. Son comportamientos que, a veces, son laxos, que no nos dejan ver los peores defectos que tenemos. Y entonces, cuando nos atrevemos a anunciar la Palabra de Dios, necesitamos ver, primeramente en nosotros, estas faltas, estas incoherencias, para que nuestro testimonio sea fecundo.
Convertirse en un guía ciego en el anuncio del Evangelio no daña solamente el camino del Señor, sino que, muchas veces, saca de este camino a muchas otras ovejas que estaban caminando con el Señor. Por eso, vamos a anunciar, sí, el Evangelio, pero también dejemos que este, primeramente, nos toque y nos purifique.
Sobre todos vosotros, descienda la bendición de Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Amén!



