“En aquel tiempo, Herodes había mandado arrestar a Juan y lo había encadenado en la prisión. Hizo esto por causa de Herodías, mujer de su hermano Felipe, con quien se había casado. Juan le decía a Herodes: «No te está permitido tener a la mujer de tu hermano». Por eso Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía. En efecto, Herodes temía a Juan, pues sabía que era un hombre justo y santo, y por eso lo protegía. Le gustaba oírlo, aunque quedaba muy perplejo cuando lo escuchaba” (Marcos 6, 17-29).
No somos dueños de la verdad
Hermanos y hermanas mías, hoy celebramos, con toda la Iglesia, el Martirio de San Juan Bautista. El episodio de la muerte de Juan el Bautista se ha repetido a lo largo de los siglos en la historia de la Iglesia, en la historia cristiana.
Quien se atrevió a decir en voz alta una verdad que molestaba al sistema del mundo fue sacado de escena. Fue borrado de la existencia, fue eliminado.
¡Cuántos testimonios de nuestros hermanos cristianos que experimentaron el martirio por defender la verdad del Evangelio! Esto sucede con todos aquellos que se presentan como portadores de la verdad, ya sea sobre Dios o sobre el ser humano. Y un detalle: portadores de la verdad, no dueños de la verdad. ¡Es muy diferente! Nosotros llevamos la verdad de Dios, pero no somos sus propietarios.
¡Cuántos misioneros, médicos, periodistas y agentes sociales fueron eliminados por regímenes totalitarios solo por el hecho de decir la verdad, de narrar los hechos! Hoy vemos esto fácilmente en las redes sociales. ¡A cuántas personas de bien se les ha arrojado al lodo su imagen y su buena fama a través de comentarios maliciosos, de narrativas mentirosas! ¡Cuánto daño se le hace a la verdad!
Llevamos un ‘Herodes’ oculto dentro de nosotros
Muchas veces, la verdad sobre nosotros mismos nos molesta, y rechazamos duramente el llamado que el Señor nos hace a la conversión. Herodes escuchaba a Juan el Bautista, pero se sentía molestado, se sentía turbado.
Incluso a nosotros nos gusta escuchar algunas cosas, pero aquellas que nos piden un cambio de vida, las cortamos de raíz en nuestra vida, tal como fue cortada la cabeza de Juan el Bautista. Es decir, las hacemos callar inmediatamente porque nos arriesgamos a perder nuestro lugar en la corte de las apariencias y el fingimiento.
No podemos quedar indecisos
En algunos momentos, tenemos que tomar la dura decisión de vivir como cómplices de ciertos errores o morir como honestos defensores de la verdad.
Debemos tomar una decisión, porque no podemos ser neutrales. Tenemos que elegir al Señor o pactar con las mentiras de este mundo.
Que el Señor nos dé la gracia de, en efecto, elegirlo a Él y la fidelidad a la verdad del Evangelio.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!