La cura de la suegra de Pedro y el fuego purificador del Espíritu Santo
En aquel tiempo, “Jesús salió de la sinagoga y fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y pronto se lo dijeron a Jesús. Él se acercó, la tomó de la mano y la ayudó a levantarse. Entonces la fiebre la dejó y ella comenzó a servirles”. (Marcos 1, 29-31).
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Muchas veces, el malestar que sentimos no es el enemigo, sino la señal de que algo más grande está luchando por nosotros. En el mundo espiritual, existe un “sistema de defensa” capaz de quemar lo que nos hace daño, preparándonos para una vida de servicio y propósito.
La fiebre como señal de peligro espiritual
En el texto de hoy, nos servimos de la situación de la suegra de Pedro para hablar de nuestra vida espiritual. El término fiebre, en griego pyretos, o calor ardiente, es la raíz de términos que usamos hasta hoy, como los medicamentos antipiréticos. En la medicina, la fiebre no es la enfermedad en sí, sino un síntoma de defensa. El hipotálamo eleva la temperatura corporal para destruir virus y bacterias que afectan nuestro cuerpo.
Esta reflexión nos lleva a un paralelo profundo: ¿quién sino el Espíritu Santo para producir en nosotros estas “altas temperaturas” con Su fuego de amor? Ese calor espiritual tiene la función de quemar todo lo que es contrario a la vida de Cristo y todo lo que nos causa daño. El Espíritu Santo es quien nos advierte de los peligros espirituales que corremos constantemente.
El Paráclito como nuestro sistema de defensa divino
Qué bueno es saber que tenemos, en el campo espiritual, ese sistema de defensa personalizado. El Paráclito, el Espíritu Santo, es quien nos defende de tantos males que rondan nuestro corazón, cuerpo, mente, voluntad y deseos. Bendito sea Dios por esta gracia que nos mantiene vigilantes contra las embestidas del mal.
Ayer escuchamos que Jesús expulsó al invasor del corazón humano, el espíritu impuro. Hoy, el Señor regresa a la escena con gestos delicados hacia la suegra de Pedro, denotando Su cuidado para con nosotros. Él se acercó, la tomó de la mano y la ayudó a levantarse. Es el toque divino que restaura la dignidad y la salud de quien está abatido.
Levantados por Cristo para una nueva misión
La curación realizada por Jesús resultó inmediatamente en servicio. Tan pronto como la fiebre la dejó, ella comenzó a servirles. Por eso, pidamos hoy al Señor que haga lo mismo por nosotros: que nos toque y nos levante. Que, una vez libres de todos los males del cuerpo y del alma, podamos servirle con todo nuestro corazón y con renovada alegría.
Que el fuego del Espíritu Santo siga purificando nuestras intenciones y protegiendo nuestro caminar cristiano.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



