Dejar que el corazón sea transformado por la obediencia
Hoy, lunes, queremos pedir a Nuestra Señora, en este mes mariano, que nos ayude en tres puntos fundamentales que escucharemos en el Evangelio: guardar la Palabra, vivirla y obedecerla.
El Evangelio de Juan nos dice: “Aquel que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Juan 14, 21-26).
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Quien ama verdaderamente a Dios vive en comunión con Él. Para estar en esa comunión, es necesario прежде vivir, obedecer y guardar sus mandamientos. La ley de Dios no es pesada ni está hecha para imponernos cargas, sino para llevarnos a la plenitud del amor. El amor a Dios no es solo un sentimiento, es una fidelidad concreta.
Amar a Dios es vivir su voluntad
Nuestro amor al Señor necesita ir más allá de un simple sentimiento. Esto significa que, incluso cuando no estemos bien o sintamos que no tenemos nada que ofrecer, debemos ser fieles y continuar amándolo de manera concreta. En el pensamiento bíblico, amar significa justamente esto: guardar, vivir y obedecer. No se trata de un amor solo de palabras, sino de vida.
Muchas veces decimos que amamos a Dios, que rezamos y participamos en la Misa, pero el criterio que Jesús nos da es muy claro: amar es vivir su Palabra. No se trata de vivir de ritos externos para aparentar una unión con Él, mientras el corazón permanece distante.
El corazón, morada del Señor
Cuando el corazón humano se aparta de la voluntad de Dios, se cierra a su gracia; pero cuando acoge la Palabra, se abre a su presencia. Jesús nos dice: “Si alguien me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.
Dios desea habitar en nuestro corazón, y el corazón humano puede convertirse en su morada. Abramos nuestro corazón y dejemos que Dios habite en él.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



