El ejemplo de Jesús y nuestra identidad como hijos de Dios
En aquel tiempo, Jesús respondió a los judíos: “Mi Padre trabaja siempre, y por eso también yo trabajo.” Entonces los judíos aún más buscaban matarlo, porque, además de violar el sábado, llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose así igual a Dios (Juan 5,17-30).
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Con esta afirmación, Jesús se coloca en profunda comunión con el Padre y afirma que Dios es su Padre. Sabemos que, en muchísimos casos de la realidad humana, existe la continuidad, por ejemplo, de la profesión de los padres en la vida de los hijos. Es muy natural que los hijos, al ver la realización de sus padres en su trabajo y la pasión con la que cumplen su misión en este mundo, quieran seguir la misma carrera.
Claro que esto no es una ley absoluta ni estática, no es una regla fija, pero lo vemos con frecuencia. Jesús quiere colocarse en la misma línea de acción del Padre. Jesús, por ser Dios, ve en el seno de la Trinidad la acción salvífica del Padre en favor de la humanidad. Y, cuando se encarna, trae estas realidades divinas a la tierra.
La continuidad de la obra del Padre en la vida de los hijos de Dios
Jesús no interrumpe la acción del Padre; Él le da continuidad y le da visibilidad mediante su encarnación, muerte y resurrección. Si Jesús fue llamado en la tierra “el hijo del carpintero”, pienso que, en su relación con el Padre celestial, se puede aplicar esta misma realidad. El Hijo del Padre amado es el continuador de sus obras y trabaja siempre en comunión con la voluntad de Dios.
El llamado a edificar el Reino
Nosotros, hijos amados de Dios, también debemos colocarnos en esta sucesión. Nosotros, por gracia divina, participamos en la única misión del Hijo de Dios. Por eso debemos esforzarnos también en realizar sus obras. El mismo Cristo prometió que haríamos obras aún mayores que las suyas. Por eso, manos a la obra y trabajemos para que el Reino de Dios sea edificado.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



