“Entonces, los guardias del Templo volvieron a los sumos sacerdotes y a los fariseos, y estos les preguntaron: ‘¿Por qué no lo habéis traído?’ Los guardias respondieron: ‘Nadie ha hablado jamás como este hombre’. Entonces, los fariseos les dijeron: ‘¿También vosotros os habéis dejado engañar? ¿Acaso alguno de los jefes o de los fariseos ha creído en él? ¡Pero esta gente que no conoce la Ley, es maldita!’ Nicodemo, sin embargo, uno de los fariseos, aquel que se había encontrado con Jesús, y comenzó a caminar con él” (Juan 7, 40-53)
Escuchar a Cristo
Caminando hacia la Pasión y la Muerte de nuestro Señor Jesucristo, Jesús comienza a hacer discípulos. Y Jesús, con Su Palabra, empieza a tocar los corazones. Todavía vemos aquí, en este Evangelio, a los fariseos que no acogen a Jesús.
Pero aquí hay un hombre de Dios, sabio, que también formaba parte de los maestros de la ley, un hombre llamado Nicodemo, que, escuchando a Jesús, tuvo su corazón abrasado por sus palabras y comenzó a causar extrañeza en los otros hermanos.
Entonces, ¿tú también fuiste seducido por Jesús? Esa palabra “seducir”, hermano mío, hermana mía, es algo de suma importancia, porque somos seducidos por la Palabra de Dios. Hay un encantamiento por aquello que Jesús nos trae. Y su palabra es viva. Esto causó, en el corazón de Nicodemo, el gran deseo de saber: ¿quién es este Hombre que habla con sabiduría, que habla con verdad y que toca los corazones?
Hermanos míos, la Palabra de Jesús fascina y fascinó el corazón de Nicodemo. Pero, hermanos míos, vamos a encontrar también, en nuestro medio, personas que van a desacreditar aquello que Jesús realiza en nuestra vida.
Jesús no tenía miedo. Él tenía el corazón libre para abrazar Su Pasión y Muerte, por eso seguia predicando la Palabra.
El esencial, hermano mío, hermana mía, de esta liturgia de hoy, es justamente eso: dejarnos fascinar y seducir por la Palabra de Dios.
Te garantizo que si te adhieres a aquello que Jesús habla, tú también serás como Nicodemo, seducido, fascinado, y tendrás tu vida cambiada por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que vino a traernos la salvación. No tengas miedo de aquello que Jesús puede realizar en tu vida. Él puede y seguirá siempre trayéndonos y siempre seduciéndonos.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!