Las tempestades y la perseverancia del alma en Dios
Hoy es domingo, día del Señor. Queremos, en este día, meditar profundamente en la divinidad de Jesucristo, Él que es Señor, que es Dios, Él que fue enviado por el Padre para nuestra salvación. Hoy vamos a escuchar algo que muchas veces tememos: nuestro futuro y las tempestades que se levantan contra nuestra vida. Y el Evangelio nos mostrará una afirmación de Jesús:
Y Jesús dijo así a sus discípulos: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo. Hombres de poca fe, ¿por qué dudasteis?» (Mateo 14, 22-23)
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Estas palabras, hermanos y hermanas, revelan el corazón del mensaje del Evangelio de hoy. La fe en Jesús vence todo miedo.
Las tempestades y el valor como respuesta
Escuchamos muchas veces, en el Evangelio de San Juan, al mismo Jesús decir: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí». La fe en Jesús nos lleva a salir de toda parálisis y de los traumas que el miedo causa en nuestro corazón.
¿Cuál es el contexto de este Evangelio? Es el contexto de los discípulos que estaban en aquella barca, donde el mar estaba agitado y ellos enfrentaban vientos contrarios. Y cuántas veces también nosotros atravesamos tempestades, tempestades que muchas veces nos llevan al desánimo, a la postración y a la frialdad espiritual.
Tener los ojos fijos en Jesús
Jesús nos enseña, en su Evangelio, que Él nunca abandona a los suyos, es decir, Él viene a nuestro encuentro. Va hacia los discípulos, va durante la noche, va en medio de las olas, en medio de las tempestades, para decirte a ti y a mí: «¡Ánimo! No tengáis miedo. Soy yo».
En aquel momento, Pedro tuvo total confianza en nuestro Señor y le dijo a Jesús: «Si eres el Señor, mándame caminar sobre las aguas». Él nos muestra un gesto de confianza y de valentía ante Jesús. Cuando apartamos los ojos de Cristo, muchas veces pasaremos por miedos y por tempestades que robarán nuestra paz y nos perturbarán interiormente. Pero si mantenemos los ojos fijos en Jesús, todo pasará y quedará en nosotros aquella voz que resonará siempre en nuestro corazón: «¡Ánimo! Soy yo. No tengáis miedo».
Que el Señor nos bendiga y fortalezca nuestra fe, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Amén!



