Queridos hermanos y hermanas, estamos caminando hacia algo muy importante en estos Evangelios que hemos estado escuchando estos días a través de la homilía diaria.
Jesús nos está enseñando cómo debemos comportarnos frente a nuestro prójimo, y hoy el Evangelio de San Mateo, capítulo 21, versículos 33, 43, 45 y 46, muestra que Dios nos confía dones y que debemos ser responsables para que estos den fruto. Escuchemos la parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se ausentó de viaje. (Mateo 21, 33-43. 45-46).
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Frutos de fe, esperanza y amor
Al final de la parábola, Jesús dice algo muy importante: “El Reino de Dios se os quitará y será entregado a un pueblo que produzca sus frutos”.
Por eso, mis hermanos, la viña es el símbolo del pueblo de Dios; es decir, Jesús retoma una imagen muy conocida del Antiguo Testamento. Esta se encuentra en Isaías, capítulo 5, versículos del 1 al 7: la viña es el pueblo que Dios plantó con su mano. Dios preparó todo —la tierra, la cerca, la torre—, lo cual muestra el cuidado divino.
Esto representa la paciencia y la confianza que Dios tiene en nosotros. También nosotros somos esta viña: cada comunidad, cada familia, cada corazón es un espacio que Dios cultiva con cariño. Ante esto, cabe preguntarse: ¿Tengo el debido cuidado con la viña que Dios me ha confiado? ¿Mi vida ha producido frutos de fe, esperanza y amor?
La responsabilidad de experimentar a Jesús
Como sacerdote, me pregunto: ¿De qué me he estado preocupando más en mi vida sacerdotal? Con mi vida, ¿he testimoniado ante los demás el amor que Dios me tiene? Porque si las personas ven en mí lo que Dios realiza, ellas también sentirán el deseo de buscarlo y experimentarlo.
Siempre digo algo que es fundamental: oír hablar de Jesús es diferente a experimentar a Jesús. Quien lo experimenta, cambia de vida; quien lo experimenta, renuncia al pecado y renuncia a la vida vieja.
Esto es ser responsable con aquello que Dios plantó en nuestro corazón. Nosotros rendiremos cuentas ante Dios por el don que Él nos da: nuestra vida, los dones y los talentos. No podemos ser negligentes. Debemos ser responsables por el fruto, por la fe, por la esperanza y por la caridad. Que Dios nos ayude.
Que el Espíritu Santo nos inspire siempre buenos propósitos para mantenernos en la gracia de Dios. Que Dios los bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡Amén!


