La oración en el Calvario y la confianza en aquel que jamás nos deja solos
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden ir. El que me envió está conmigo; Él no me ha dejado solo, porque siempre hago lo que le agrada”. Mientras Jesús hablaba así, muchos creyeron en Él. (Juan 8,21-30)
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Hermanos y hermanas, Jesús dice en el Evangelio de hoy: “El que me envió está conmigo, permanece conmigo.” Está conmigo en los momentos de alegría y también en los momentos de sufrimiento.
La presencia constante de Dios
Esta es una realidad de nuestra vida: Aquel que nos creó, Aquel que nos salva —estamos tocando las realidades de la salvación en este tiempo de Cuaresma— permanece con nosotros. Pero cuando Jesús dice estas palabras: “Él no me ha dejado solo, porque siempre hago lo que le agrada”, de cierta manera anticipa lo que veremos en lo alto de la cruz. Jesús lleva dentro de sí esta certeza: no estoy solo.
El corazón de Jesús y la fuerza de no sentirse solo
Incluso cuando escuchamos aquella oración suya tomada del Salmo: “Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?” En realidad, el corazón de Jesús pasa por esta certeza que el Evangelio de Juan nos revela hoy: “El que me envió está conmigo; Él jamás me dejará solo.”
El Señor esté con ustedes. —Está en medio de nosotros.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


