El milagro de la multiplicación
En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea, también llamado Tiberíades. Subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos y ver que una gran multitud venía hacia Él, Jesús dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para que coman?». Decía esto para ponerlo a prueba, pues Él sabía bien lo que iba a hacer. Felipe respondió: «Ni doscientos denarios bastarían para que cada uno recibiera un pedazo de pan». Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tanta gente?». Al ver el signo que Jesús había realizado, aquellos hombres exclamaron: «Este es verdaderamente el profeta, el que debía venir al mundo» (Jn 6,1-15).
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El Evangelio de hoy nos habla de algunos “ingredientes” de este gran milagro que Jesús realizó. Un milagro maravilloso, tan significativo para la comunidad cristiana que fue narrado seis veces. Quizá ya lo has notado: aparece duplicado en los Evangelios de Marcos y Mateo, y también es contado por Lucas y por Juan.
El milagro exige una ofrenda confiada
Pero no reduzcamos el hecho solo a su dimensión milagrosa. Como en una receta, para llegar al resultado final, los ingredientes son muy importantes y su combinación es fundamental; hay un orden. Cinco panes y dos peces no cayeron del cielo como en el Antiguo Testamento, como el maná que descendía de lo alto y era recogido.
Vienen de las manos de un muchacho, que es símbolo de nuestra participación en las acciones divinas. Dios quiere nuestra cooperación para que el milagro pueda realizarse. Dios no lo hace todo solo; podría hacerlo, pero cuenta con nuestra participación. Felipe representa al nuevo pueblo de Dios, pero que aún duda y no cree en la fuerza misteriosa que actúa en Jesús. Tanto al inicio como al final del relato se dice: «Jesús subió al monte».
La intimidad con Jesús
Es un detalle muy importante, porque no hay milagro sin intimidad con Dios. El milagro no es una autosatisfacción ni una simple solución a un problema que ni la ciencia puede resolver. Es la celebración de una profunda comunión entre lo divino y lo humano: lo humano que es socorrido por lo divino, y lo divino que socorre la fragilidad humana.
No te detengas en la grandeza de tus problemas, sino llévalos a Jesús con tu corazón y con el corazón de aquellos por quienes has estado suplicando, por ejemplo, un milagro. No dejes de vivir tu comunión con Cristo. Esa intimidad es un ingrediente fundamental para alcanzar el milagro que Dios tiene para ti.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


