El Lava pies y la identidad del siervo
Con gran alegría, entramos en el Misterio Pascual. Estamos en el Jueves Santo, el día del Lavatorio de los pies, y aquí Jesús nos enseña algo fundamental para nuestra fe cristiana: el servicio y el amor al prójimo. El Evangelio de Juan nos enseña.
“Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis lo mismo.” (Juan 13, 1-15)
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Hermanos y hermanas, ¿qué comprendemos de este Evangelio? Cuando la Escritura dice que Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”, significa hasta el límite máximo del amor, es decir, hasta la cruz.
La entrega de Cristo de amar hasta el extremo
Aquí, el Evangelio ya anuncia lo que vendrá después del Jueves Santo: la crucifixión, que será la mayor manifestación del amor de Jesús por cada uno de nosotros. El Padre no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó para que fuéramos salvados, por medio de su gesto de lavar los pies, de servir al prójimo y de entregarse en el Calvario.
El gesto de lavar los pies es, por tanto, una anticipación del sacrificio de la cruz. Es en lo alto de la cruz donde nacen los sacramentos, cuando brotan agua y sangre del costado abierto de Cristo. El Señor está siempre con nosotros.
La humildad como camino hacia Dios
En la Cena, hay un momento en que Jesús se quita el manto, se ciñe una toalla y se inclina. Él deja su autoridad divina para hacerse como uno de nosotros. No pierde su identidad divina, pero asume nuestra humanidad, revistiéndose de humildad.
Lo que necesitamos aprender del Lavatorio de los pies es precisamente este gesto: quitarnos el manto para ser humildes. Solo ama verdaderamente quien es humilde. Quien no tiene humildad no logra comprender el gesto de Jesús de entregarse totalmente por nosotros. Al despojarse de su condición de Señor y asumir la condición de siervo, Cristo nos deja el ejemplo que debemos seguir.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


