El poder divino que supera la incredulidad
Hoje celebramos a memória de São Carlos Lwanga e seus companheiros mártires. También somos invitados, en este mes del Sagrado Corazón de Jesús, a dar nuestra vida por Él. Así como el corazón de Jesús fue traspasado para nuestra salvación, que también nosotros tengamos el valor de entregar nuestro corazón al martirio y a una vida de santidad, como nos enseñan estos compañeros mártires en el día de hoy.
El Evangelio de San Marcos Evangelista nos dice:
“Y acerca de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído en el libro de Moisés cómo Dios le habló desde la zarza, diciendo: ‘Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’? Él no es Dios de muertos, sino de vivos. Por eso estáis muy equivocados.” (Mc 12,18-27)
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El contexto aquí es el de los saduceos, que no creían en la resurrección. Y en el Evangelio de hoy aparece esa pregunta capciosa de parte de ellos. No creen y quieren ridiculizar esta verdad de fe contando la historia de la mujer que tuvo siete maridos.
La vida plena que nos espera en la eternidad
Jesús responde con autoridad y revela dos cosas muy importantes: ellos no conocen las Escrituras ni el poder de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos. Jesús afirma que la vida eterna no es una simple continuación de la vida terrena.
En la resurrección de Jesús no habrá matrimonio, porque la vida será plenamente transformada. Seremos como ángeles en el cielo. Esto significa que la eternidad no es solamente más tiempo, sino una nueva forma de existencia en Dios, donde todo será plenificado por el amor divino. Por eso Jesús menciona el pasaje de Moisés en la zarza ardiente.
El testimonio de los mártires que prueba el poder de la fe
El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos. Y aquí quiero recordar la vida de São Carlos Lwanga y sus compañeros, que fueron mártires en Uganda. Ellos fueron martirizados porque creyeron en la resurrección.
Dar la vida por Dios es creer que esta vida es pasajera, pero que aquellos que creen en Cristo Jesús recibirán un premio, un trofeo. Como dice el apóstol San Pablo Apóstol, la corona es incorruptible, es decir, la salvación.
Que el Señor nos ayude a mantener nuestros ojos fijos en el cielo, que es nuestra meta, donde Él nos espera para que un día estemos plenamente con Él.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


