Santo Ignacio nos enseña a acoger a Dios en las dificultades
«Un profeta solo no es estimado en su propia patria.» (Mateo 13,54-58)
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Hermanos y hermanas, hoy celebramos la memoria de San Ignacio de Loyola, quien, después de una experiencia de conversión, una experiencia profunda con Dios, cambió de vida y posteriormente fundó también la orden de los jesuitas. Por eso, pidamos que él interceda por nosotros en este día.
El peligro de cerrar el corazón a Jesús
En el Evangelio vemos que Jesús es rechazado en su propia tierra. Las personas lo conocen, saben de su origen, pero no consiguen reconocerlo como enviado de Dios. Entonces Jesús afirma: «Un profeta solo no es estimado en su propia patria». Aquellos que pensaban que ya sabían quién era Jesús se volvieron incapaces de acoger lo nuevo que Dios estaba realizando.
Esta realidad también aparece en la vida de San Ignacio de Loyola, el santo que celebramos hoy. Después de su conversión, fue incomprendido, cuestionado e incluso, de cierta manera, considerado sospechoso a los ojos de muchos, pero no desistió.
San Ignacio y el discernimiento de la voz de Dios
Él aprendió a discernir la voz de Dios en medio de las resistencias y a confiar en que el Señor lo guía incluso cuando no es reconocido. Su espiritualidad enseña algo esencial: Dios habla en la historia concreta, pero es necesario un corazón libre y atento para percibirlo. El Evangelio nos invita a examinar nuestra propia actitud. ¿Será que el exceso de seguridad en nuestros propios criterios no nos impide reconocer a Dios actuando cerca de nosotros?
¿Y si Dios estuviera actuando cerca de usted, precisamente en aquello que ya conoce? Que San Ignacio nos enseñe y nos ayude a tener una mirada nueva, capaz de ver más allá de las apariencias, y un corazón disponible para acoger lo que Dios realiza, incluso cuando viene de forma simple e inesperada.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


