La victoria de Jesús sobre la antigua idolatría de Israel
En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo. Cuando el demonio salió, el mudo comenzó a hablar y las multitudes quedaron admiradas. Pero algunos dijeron: “Es por Beelzebú, el príncipe de los demonios, que él expulsa a los demonios”. Otros, para poner a prueba a Jesús, le pedían una señal del cielo (Lucas 11,14-23).
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Acusar a Jesús de expulsar demonios por la fuerza de Beelzebú. ¡Miren hasta qué extremo llegaron aquellas personas! En el Antiguo Testamento tenemos a los cananeos, población indígena de la tierra de Israel, donde ese nombre significaba literalmente “Baal”, el príncipe —Baal quiere decir “señor”. Era el apelativo de la divinidad de la fecundidad y de la vida en la cultura de los cananeos.
De la idolatría a la liberación en Cristo
Este dios, Beelzebú, era el príncipe del panteón cananeo y tenía como símbolo el toro, señal de fertilidad. Basta recordar la tentación de Israel en el desierto, cuando quiso representar a Dios en la imagen de un toro de oro. Pues bien, precisamente por ser el tentador de Israel hacia la idolatría, Beelzebú es considerado el príncipe y el jefe de los demonios.
Ellos veían en esta realidad que, por ser el tentador de Israel para conducirlo a la idolatría, él se convirtió en príncipe y jefe de los demonios.
El Reino inquebrantable de Dios contra el mal dividido
Jesús es acusado de actuar en comunión con Beelzebú, ya que en sus exorcismos es capaz de someter a todos los demonios a su poder. Jesús se defiende con un argumento bastante lógico: ¿cómo podría Satanás autolesionarse, destruirse a sí mismo, dividirse contra sí mismo? Jesús concluye el argumento presentándose como agente del dedo de Dios en favor de los hombres contra las fuerzas del mal.
Es ese mal el que estamos llamados a vencer en este camino. ¿Cuál es el mal que estamos haciendo? Uniéndonos a Cristo, vencedor de todo mal, seremos vencedores contra las fuerzas del mal que combaten contra nosotros y contra nuestras familias. Jesús es nuestro libertador. Acerquémonos a Él.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


