El mar y las tempestades, una travesía con el Señor
Al caer la tarde, los discípulos bajaron al mar, subieron a la barca y se dirigieron hacia Cafarnaúm, al otro lado del mar. Ya estaba oscuro y Jesús aún no había venido a su encuentro. Soplaba un viento fuerte y el mar estaba agitado. Los discípulos habían remado unos cinco kilómetros cuando vieron a Jesús caminando sobre las aguas y acercándose a la barca. Tuvieron miedo, pero Jesús les dijo: «Soy yo, no tengáis miedo» (Jn 6,16-21).
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Todos nosotros tenemos que atravesar el mar de la vida, y en él son inevitables algunas tempestades. Ninguna vida humana pasa por esta tierra sin enfrentar inclemencias de todo tipo. Cada uno de nosotros tendría una gran historia que contar sobre las dificultades por las que hemos pasado. Basta ver, por ejemplo, cómo nace un niño —o incluso cómo es concebido según el plan del Creador—: es una verdadera lucha por la supervivencia.
El mar de la vida exige valentía y paciencia
Desde el momento de la concepción hasta su declive natural, la vida humana atravesará tempestades. Graba esto en tu mente y en tu corazón: todos nosotros pasaremos por tempestades. Existen tempestades naturales que forman parte de un orden natural, con ciclos de calor, frío, viento y humedad, combinaciones que a veces producen resultados incluso catastróficos.
Las fuerzas de la naturaleza no se detienen ni eligen a unos para proteger y a otros no. Somos nosotros quienes debemos enfrentarlas con una paciencia activa, es decir, tomando precauciones en algunos momentos y, en otros, afrontando con valentía la travesía de nuestra barca.
El Evangelio deja entrever un detalle muy importante: Jesús aún no había ido a su encuentro. El texto dice que los discípulos remaron aproximadamente cinco kilómetros sin Jesús. Hay quienes deciden atravesar las tempestades de la vida sin la presencia de Jesús, y eso marca toda la diferencia.
La decisión de cómo enfrentar la tempestad
Una cosa es enfrentar todo solo, y otra muy distinta es hacerlo con Jesús presente en nuestra vida. Es necesario escuchar al Señor decir: «Soy yo, no tengáis miedo». Ni el heroísmo de querer enfrentarlo todo solos, ni el abandono de la barca por miedo a las olas. Es necesario atravesar el mar de la vida, pero con Jesús presente en nuestra barca.
En la Palabra de Dios existe un término griego, hypomoné, que significa permanecer hasta el final, perseverar, soportar. Y con Jesús todo esto se hace posible. No abandones la barca de tu vida. Lleva a Jesús a las tempestades que enfrentas y Él te dará la victoria.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


