Con misericordia, Él viene a nuestro encuentro
Hoy vamos a meditar, en el Evangelio de San Mateo, dos movimientos: Jesús que libera y sana; y Jesús que mira al pueblo con misericordia. Vamos a leer la siguiente cita:
«Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda clase de enfermedades y dolencias» (Mateo 9,32-38).
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En este pasaje aparece para mí y para ti cuál es la misión de Cristo. Primero: enseñar, anunciar y sanar. Hay algo muy importante en este Evangelio: Jesús no permanece distante del sufrimiento humano.
Con misericordia, Él rompe las cadenas del mal
Él va al encuentro de las personas. El Señor ve el dolor, escucha el clamor y actúa con poder y amor. Vemos aquí a Jesús liberando a un hombre que estaba poseído por un demonio. Y aquel demonio fue expulsado porque el hombre volvió a hablar y a reconocer que Jesús era el Cristo.
Esto nos muestra que el mal nos paraliza, nos roba la esperanza y la libertad. Pero la presencia de Cristo devuelve la vida.
Necesitamos pedir a nuestro Señor que nuestro corazón no se endurezca ante el sufrimiento, porque tenemos a Cristo a nuestro lado.
Un testimonio de la misericordia de Dios
Viví una situación difícil en Río de Janeiro, cuando me diagnosticaron una pancreatitis, y sufrí mucho. En aquel hospital, el médico me dijo: «Padre, necesita siete días para desacelerar su páncreas, y vamos a iniciar una dieta cero, con glucosa y suero por vía intravenosa. Si eso no da resultado, usted tiene un 50 % de probabilidades de morir».
En aquel momento no me quejé. En aquel momento no me desesperé. Hice lo que nos muestra este Evangelio: Jesús no está distante de mi sufrimiento, Él está conmigo. Mi oración fue esta: «Señor, si ha llegado la hora de partir de este mundo, concédeme la gracia de recibir el sacramento de la unción de los enfermos, el sacramento de la confesión y también el sacramento de la Eucaristía».
Al día siguiente, siete sacerdotes y un obispo fueron a visitarme, y recibí todos los sacramentos. El Señor no es indiferente a nosotros; escucha nuestro clamor y está aquí para liberarnos, para sanarnos y para mirarnos con misericordia.
Créelo, Dios no está distante de ti. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡Amén!


