“En verdad, en verdad os digo: quien oye mi palabra y cree en aquel que me envió, tiene vida eterna y no viene a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 5, 17-30).
¡Palabra de la salvación!
Unidos a Dios
El Evangelio de hoy, hermanos míos, nos revela que, para estar unidos a Dios, necesitamos estar unidos a Cristo. ¿Y cómo vivimos esa unión? Por medio de la Palabra. Jesús, cuando pronuncia Su palabra, cuando nos dirige Su Palabra y nosotros la acogemos, estamos uniendo a Dios, porque Jesús vino de Él. Él es el Hijo enviado por Aquel a quien debemos estar atentos y escuchar Su palabra.
Por eso, hermanos míos, quien acoge la Palabra de Dios, acoge la vida. Quien no acoge la Palabra de Dios, no acoge la vida, la vida que Jesús vino a traernos. O sea, seguiremos viviendo en una vida de oscuridad, de tinieblas, que puede apartarnos de este camino tan hermoso que Jesús vino a proponernos: la vida eterna.
Quien acoge la Palabra de Dios tiene la vida eterna. ¿Cuántos de nosotros estamos viviendo en esa oscuridad, en la desesperación? Y porque no prestamos, muchas veces, atención a la Palabra de Dios, vamos recurriendo caminos de muerte, caminos de angustias, de aflicciones y desesperación. Claro que todo cristiano pasará por esto, pero si estamos atentos a la Palabra de Dios, permaneceremos con Cristo, unidos a Él.
Por eso, hermanos míos, muchos de los judíos, a quienes Jesús les decía íntimamente que era necesario creer en Su palabra, lo hostigaban, no acogiendo Su Palabra. Por eso la dureza del corazón, por eso no hay cómo estar unido a Cristo.
El Evangelio de Juan, en el capítulo 15, versículo 5, dice así: «Sin mí nada podéis hacer». Jesús dice: aquel que no esté unido a la vid, que es Él –y nosotros somos los sarmientos–, no tendrá vida en sí mismo. Y el Señor nos está ayudando, hoy, a comprender justamente eso. Quien escucha la Palabra de Dios y cree en ella jamás verá la muerte.
Hermanos míos, aquí estamos hablando de vida eterna, y nuestro deseo es tener esa gracia de, un día, estar unidos a Cristo, al Padre y al Espíritu Santo en la vida eterna. Por eso caminemos, hermanos míos, caminemos, hermanas mías, en un tiempo de apertura a la Palabra de Dios.
Que el Señor nos ayude a nunca dejar nuestro corazón endurecido ante Su Palabra, que es vida y es vida eterna.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!