La invitación a la reconciliación
En aquel tiempo, dijo Jesús: “Si cuando vas a presentar tu oferta ante el altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu oferta allí ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano. Solo entonces ve a presentar tu oferta. Busca reconciliarte con tu adversario mientras caminas con él hacia el tribunal”. (Mateo 5, 20-26)
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Un imperativo para el corazón
Hermanos y hermanas, la liturgia de la palabra de este día es un imperativo, pero también una invitación; una invitación especial para todos nosotros. El llamado es claro: ¡busquen la reconciliación!
Debemos reconciliarnos con Dios, pero también debemos reconciliarnos con nuestros hermanos mientras caminamos en este mundo, mientras peregrinamos por él. Solo después de este proceso de reconciliación es que debemos presentar nuestra ofrenda.
La reconciliación ocurre en el camino
Es en el camino donde se da la reconciliación. Por eso, los invito de manera muy especial a pensar en aquellas personas de las que tal vez se han alejado. Quizás alguien te ofendió y esa persona ni siquiera lo sabe; ¿no podrías tú iniciar un proceso de acercamiento?
A veces somos conscientes de la ruptura. En los ambientes familiares, tal vez haya alguien con quien no hablas hace más de dos años, a quien no diriges la palabra ni le envías un mensaje. La liturgia es muy enfática: has participado en momentos de oración y has escuchado la homilía, pero aún no has tomado la iniciativa, especialmente en este tiempo de Cuaresma.
Abrirse al perdón en esta Cuaresma
Esta es la palabra de la Iglesia: ábrete a la reconciliación, búscala hoy mismo. El texto dice “cuando estés llevando”, es decir, mientras practicas una acción de fe. Si al estar ante el altar te acuerdas de que alguien tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, ante Dios, y ve a buscar a tu hermano.
Ya sea alguien que te ofendió o alguien a quien tú ofendiste, busca a esa persona hoy y déjate transformar por la gracia de Dios.
El Señor esté con vosotros. Él está en medio de nosotros. La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y permanezca para siempre.
¡Amén!



