La misión de Juan el Bautista: preparar el camino para la libertad
“Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: ‘He aquí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un hombre que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo'” (Juan 1, 29-34).
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La mirada de Juan y la revelación del Mesías
El Evangelio nos sitúa ante una escena contemplativa, y Juan el Bautista es ese profeta que Dios suscita para preparar el camino del Salvador, el Salvador que viene para librarnos de nuestros pecados.
¿Cuál es el único objetivo de que Jesús haya venido al mundo? Para liberarnos, para hacer de nosotros hombres libres.
¿Y qué es lo que nos ata y lo que nos esclaviza? El pecado.
Jesús vino solo para eso, para librarnos del pecado. Esa condición [del pecado] nos aparta de la promesa de vida eterna.
La identidad de Jesús de forma consciente en nuestra vida
Por eso vino Jesús. Si Él no viniera, estaríamos condenados a permanecer eternamente lejos de Dios. Por eso, la identidad de Jesús debe ser asumida de forma consciente en nuestra vida: Él es el Señor. Él es el Salvador. El único que puede borrar los pecados del mundo.
Es interesante que, allá en el Antiguo Testamento, los profetas que Dios suscitó ofrecían sacrificios para el perdón de los pecados, pero no podían borrarlos. Solo Jesús puede. Por eso Él vino. Y por eso Juan entiende su misión: señalar al Cordero de Dios.
Y el sentido teológico de todo esto es mostrar que el sacrificio definitivo que Jesús realizó en la cruz es para darnos la seguridad de la victoria y la certeza de la salvación.
Jesús, el único que puede quitar el pecado del mundo
Por eso, hermanos míos, es comprensible traer esto a nuestra realidad: hemos sido reconciliados por Dios y salvados por la Sangre de Jesús, el único que puede quitar el pecado del mundo. Y yo he sido alcanzado por esa gracia.
¡Dios quiere alcanzarte a ti también a través de esta palabra de salvación que estamos anunciando. No puedes quedarte fuera! Abre el corazón y vive la experiencia del amor de Dios.
Que Él nos bendiga y que Dios nos libre de todo mal y de todo pecado.
¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén!



