El encuentro a la orilla del mar: “Sígueme”
“En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del mar. Toda la multitud acudía a su encuentro y Jesús les enseñaba. Mientras pasaba, Jesús vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Leví se levantó y lo siguió” (Marcos 2,13-17).
Jesús, de hecho, llama a quienes quiere, cuando quiere y como quiere. El Señor no se deja condicionar por los patrones vocacionales de su tiempo, como la pertenencia a un linaje sacerdotal, la condición social o las consecuencias de una moralidad vivida erróneamente. Él no busca la aprobación paterna ni se aferra al juicio ajeno para manifestar Su voluntad. Hoy reflexionamos sobre ese encuentro transformador entre Jesús y Leví, que culminó en un llamado vocacional capaz de cambiar la historia.
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Un llamado más allá de los patrones y prejuicios sociales
Muchas veces nos preguntamos por qué Jesús no se deja condicionar por nada ni por nadie cuando elige llamar a alguien a su servicio. El nombre Leví es un detalle notable en esta narrativa. Si buscamos su correspondiente homónimo, recordamos a la tribu de Leví, de la cual descendían los sacerdotes. Sin embargo, Leví, el hijo de Alfeo, había trazado un camino muy diferente. Por ser recaudador de impuestos, era considerado un colaboracionista del Imperio Romano, alguien que explotaba a su propio pueblo.
En aquella época, la profesión de recaudador era motivo de tal vergüenza que los propios padres eran los primeros en excluir al hijo de la convivencia familiar. Es muy probable que su padre, Alfeo, ya lo hubiera expulsado de casa. Leví era visto como un traidor a la patria y a la fe. Pero es precisamente a este hombre a quien Jesús mira. Leví también era llamado Mateo, que en arameo significa “Don del Señor”. Jesús ve el don donde el mundo solo ve el pecado.
La libertad de Jesús y nuestra respuesta personal
Jesús no pone ningún impedimento para llamar a Leví a seguirle, tal como hace con cada uno de nosotros hoy. Frecuentemente, le ponemos innumerables excusas a Dios cuando Él nos hace un llamado. Ya sea una vocación más radical, de dejarlo todo para consagrarse enteramente a Él, o en las pequeñas formas de servir en la parroquia, en una pastoral o en un trabajo de evangelización. Siempre pensamos que no estamos listos o que nuestro pasado nos impide servir.
Sin embargo, el Evangelio nos muestra que la gracia de Dios es itinerante. Fue necesario que Jesús pasara por aquel lugar, en esa hora exacta, y llamara a aquel hombre. Pero, del mismo modo, fue fundamental que Leví se presentara con todo lo que tenía —sus miserias y sus capacidades— y decidiera, libremente, levantarse y seguir a Jesús. El llamado divino posee un atractivo irresistible, pero exige siempre una respuesta libre, consciente y personal.
Abre el corazón a tu propia vocación
El ejemplo de Mateo nos enseña que no debemos cerrar el corazón a Cristo por miedo o sentimiento de indignidad. Si Él te llama hoy a una vocación particular en la Iglesia, sea cual sea, no dudes en dar tu “sí”. La compasión y la elección de Jesús son el punto de partida de todo el actuar de Dios, que sana, enseña y alimenta. Él quiere que alcancemos la salvación y utilicemos nuestra vida como un instrumento de Su presencia en el mundo.
Que el Señor nos ayude a tener la valentía de Leví para dejar el “despacho” de nuestras seguridades y seguir al Maestro con alegría. Sobre todos ustedes, descienda la bendición de Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Amén!



