La multiplicación de los panes: La compasión de Jesús en la Decápolis
El Evangelio según San Marcos (8, 1-10)
En aquellos días, como de nuevo se había reunido una gran multitud y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Siento compasión de esta multitud, porque ya hace tres días que están conmigo y no tienen nada que comer. Si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán por el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos”. (Marcos 8, 1-10)
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Jesús ve a través de su corazón
Jesús continúa fuera del territorio de Israel, recorriendo lugares que no había visitado antes. En estos días, lo acompañamos por la frontera del Líbano y ahora se encuentra en la región de la Decápolis, cerca de Siria y Jordania, donde realizará el segundo milagro de la multiplicación de los panes.
Recordemos aquel episodio de la mujer que estaba dispuesta a comer las migajas que caían de la mesa de su Señor. Hoy, sin embargo, el Evangelio nos dice que fueron unas cuatro mil personas las que se saciaron con el pan concedido por el Señor. El corazón de Cristo no es un corazón mezquino; Él da en abundancia a aquellos que confían en Él y se le acercan.
La compasión: Un sentimiento profundo
El sentimiento que Jesús experimenta por la multitud que lo sigue para escucharlo es la compasión. El verbo griego, muy fuerte para expresar esta compasión y que ya ha aparecido en otros textos, significa “conmoverse hasta las entrañas”.
Jesús no ve el hambre solo desde su propio estómago —aunque seguramente también tenía el estómago vacío por estar en un lugar desierto—, sino que Jesús ve a través de su corazón lleno de amor por la necesidad del otro. La compasión es el verdadero motivo del milagro. No se trata de una campaña política de Jesús, ni de una acción para mejorar su imagen de “persona buena”. Él tiene un objetivo muy claro al realizar este acto.
Nuestra participación en el milagro
Hay un detalle importante: Jesús no lo hace todo solo. La otra parte del milagro nos corresponde a nosotros. Él cuenta con nuestra participación, no porque nos necesite, sino porque quiso necesitarnos y hacernos responsables del movimiento divino hacia nosotros, para que no desperdiciemos nada de lo que Dios hace en nuestra vida.
Una persona que ha recibido un milagro desborda la bondad de Dios. A partir de ahí, otras personas también verán saciada su fe al confiar en que, si Dios actuó en la vida de esa persona, también podrá actuar en la suya.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



