El interior del hombre debe estar habitado por Dios
“En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, un fariseo lo invitó a cenar con él. Jesús entró y se puso a la mesa. El fariseo quedó admirado al ver que Jesús no se había lavado las manos antes de la comida. El Señor dijo al fariseo: Vosotros, fariseos, limpiáis el vaso y el plato por fuera, pero vuestro interior está lleno de robos y maldades. ¡Insensatos!”. (Lucas 11,37-41)
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Palabritas duras, fuertes, pero que nos llevan a la reflexión. Jesús reflexiona sobre un binomio: exothe, esothen, exterior e interior.
El exterior y los preceptos
Son las dos realidades que aparecen aquí en el Evangelio de hoy. La motivación fue el asombro, ¿no? Thaumazo, una admiración sorprendente, dice el texto, por parte del fariseo que invitó a Jesús a cenar y ve que Jesús no hizo la ablución de las manos, no se lavó las manos. La ablución de las manos formaba parte de uno de aquellos 613 preceptos derivados de la Torá, que los fariseos observaban rigurosamente. No bastaban los 10 mandamientos; los fariseos tenían, como tradición, 613 preceptos que debían observarse.
El exceso de reglas
Curiosidad: 248 de estos preceptos eran positivos, es decir, «haz esto», «haz aquello». Y también existía una alusión, una interpretación: 248 era el número de los huesos del cuerpo humano, es decir, tú, con todo tu cuerpo, obedece a Dios. Después, 365 preceptos eran negativos: «no hagas esto», «no hagas aquello». Una alusión a los días del año, 365 días; cada uno debía mostrar rigurosamente su amor a Dios observando todo esto. Muy bien a nivel exterior, exothe, pero faltaba el interior.
Cultivar la presencia de Dios en el interior
Y Jesús llama a estos fariseos afron, quiere decir, sin razón, sin sentido, estúpidos, incapaces de reflexionar. Jesús es muy sincero, porque se pone la atención en el exterior, pero se olvida de cultivar la interioridad, el corazón donde Dios habita. Por eso, si nuestro corazón pertenece a Dios y es de Dios, nuestro exterior va a manifestar esta presencia del Señor. Por eso, más que preocuparnos por la exterioridad, vamos a preocuparnos por la interioridad.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



