Un corazón a la espera del Señor
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Tengan ceñida la cintura y las lámparas encendidas. Sean como hombres que esperan a que su señor regrese de una fiesta de bodas, para abrirle inmediatamente la puerta en cuanto llegue y llame. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentre despiertos cuando llegue!» (Lucas 12,35-38).
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Hermanos y hermanas, Jesús destaca una figura muy recurrente en el Antiguo Testamento: la del centinela, el vigilante; personas que vivían a la expectativa y sabían esperar.
Esperar con confianza en el Señor
En las relaciones humanas existe una regla prudencial: no crear expectativas para no sufrir decepciones con respecto al otro. Pero el centinela del que habla Jesús espera a su Señor, y no a ninguna realidad humana, ya sea una persona o una estructura. Espera a su Señor.
Esta esperanza en las promesas del Señor debe mantenerse incluso en las horas más difíciles del ciclo de la vida. El texto habla de medianoche y de madrugada, no para referirse a los horarios en los que normalmente se hacen vigilias o se rezan rosarios, sino porque la vigilancia es una actitud de rectitud.
La vigilia como una invitación a estar preparados
Cuando viví en Roma, me sentí un poco frustrado cuando participé una vez en una vigilia en la Plaza de San Pedro, incluso con la presencia del Santo Padre, el Papa. Porque me había imaginado y había pensado en las vigilias tal como las hacemos aquí, en nuestro Brasil. Pero allí las vigilias son temprano: comenzaban a las cuatro o cinco de la tarde y, cuando daban las siete u ocho de la noche, ya habían terminado.
La vigilancia es una actitud de rectitud, independientemente del horario, que espera a Jesús, el esposo, pues Él puede visitarnos en diversas ocasiones y en distintos momentos de nuestra vida. Lo más importante es lo que dice el Evangelio: seremos felices si el Señor nos encuentra preparados para el encuentro con Él. Independientemente de la hora de tu encuentro con Cristo, espera al Señor en la vigilancia y en la fidelidad.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



