Es el terreno que acoge la Palabra de Dios
«En aquel tiempo, Jesús contó muchas parábolas. El sembrador salió a sembrar. Mientras sembraba, unas semillas cayeron al borde del camino, y los pájaros vinieron y se las comieron. Otras semillas cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra. Las semillas brotaron enseguida, porque la tierra no era profunda. Pero cuando salió el sol, las plantas se quemaron y se secaron porque no tenían raíz. Otras semillas cayeron entre espinos. Los espinos crecieron y ahogaron las plantas. Otras semillas, en cambio, cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta y otras treinta por cada semilla.» (Mateo 13,1-23).
Para que puedas reflexionar y comprender el vídeo necesitas ‘accionar el subtitulo en español’:
Hermanos y hermanas, hoy es domingo, día del Señor, XV domingo del Tiempo Ordinario. En este domingo, Jesús nos propone una parábola para explicarnos los cuatro tipos de terreno o de suelo donde cae la Palabra de Dios. Lo hace utilizando el género literario de la parábola, con el fin de enseñarnos a observar nuestro corazón y también nuestra disposición para acoger su mensaje.
El terreno es sembrado por Jesús
La semilla que se siembra nunca cae en el mismo tipo de terreno. ¿Se dieron cuenta? Eso ya nos dice mucho. Nunca podemos pretender que la acogida de la Palabra de Dios que anunciamos ocurra de manera homogénea. Puede caer al borde del camino, entre espinos, sobre piedras y también en tierra buena. Inevitablemente, algo puede perderse. Aquí no se cuestiona la eficacia de la Palabra en sí misma. Jamás.
Como nos recuerda la primera lectura de hoy: así como la lluvia y la nieve bajan del cielo y no vuelven allá sin regar y fecundar la tierra, sin hacerla germinar y producir semilla para la siembra y pan para el alimento, así también la palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía; antes bien, realizará todo lo que es mi voluntad. Esa es la eficacia de la Palabra.
La fuerza infalible de la semilla
Ahora bien, corresponde a cada uno de nosotros examinar su propio terreno, su propio corazón. Nos corresponde hacer un buen examen de conciencia y verificar con qué disposición estamos acogiendo la Palabra divina que se nos comunica constantemente, ya sea a través de las homilías, de las predicaciones o de un libro que leemos.
¿Será que hoy tenemos un terreno superficial? ¿Un terreno sin raíces, inconstante, con aquel entusiasmo inmediato, pero sin fijar la Palabra de Dios en nuestras decisiones? ¿Un terreno ahogado por tantas otras cosas que hay en nuestra vida, que son los espinos? Y, por último, el terreno bueno, el terreno abierto, dócil y bien preparado para acoger la Palabra de Dios. Yo te pregunto: ¿cuál es hoy el terreno de tu corazón para acoger la Palabra de Dios que es sembrada en ti?
Abramos nuestro corazón al Señor y dejemos que Él haga fecunda en nosotros su Palabra.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



