San Tomás nos enseña a pasar de la duda para la fe
Hoy la Iglesia está de fiesta, porque celebramos al apóstol san Tomás. Muchas veces se le recuerda por su duda, pero san Tomás nos enseña el camino de una fe madura y verdadera. Quiero meditar solamente un breve pasaje del Evangelio de san Juan, deteniéndome en el versículo 28:
«¡Señor mío y Dios mío!» (Juan 20,24-29)
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Amados hermanos y hermanas, muchos piensan que Tomás era un hombre sin fe, que no creía en lo que Jesús decía y que, por eso, pedía señales para demostrar que Jesús era Dios.
El peligro de estar lejos de la oración y de la comunidad
Tomás tuvo la valentía y la humildad de decir: «¡Señor mío y Dios mío!». Esta es una de las más hermosas profesiones de fe de todo el Evangelio. San Tomás pasa de la duda a la adoración. No solo cree que Jesús está vivo, sino que reconoce la divinidad de Cristo.
El Evangelio comienza diciendo que Tomás no estaba con la comunidad cuando Jesús se apareció por primera vez. Esto ya nos enseña algo muy importante: lejos de la comunidad, lejos de la Iglesia, la fe se debilita. Esta es la gran lección que tú y yo debemos sacar de este Evangelio.
Cuando nos alejamos de la voluntad de Dios, nuestra fe se debilita. Entonces damos lugar y abrimos puertas para que el enemigo nos ataque, provocando desánimo e incredulidad.
Hoy el Evangelio nos muestra que, cuando nos alejamos de la vida de oración, de la Eucaristía y de los hermanos, comienzan a surgir las dudas, los miedos y las inseguridades.
San Tomás y la adoración sincera
San Tomás es un hombre de Dios, y tú también necesitas asumir esto en tu vida: tener la valentía de decir: «¡Señor mío y Dios mío!»**, es decir, pasar de la duda a la adoración. El padre Jonas decía que adorar es rendirnos a Dios, postrarnos ante Él y someternos a su voluntad.
En aquel instante, Tomás se sometió a la voluntad de Dios. Lo que necesitas aprender de san Tomás es que, cuando sometes tu vida y tu corazón a Dios, tu fe se fortalece.
Que el Señor nos ayude y que san Tomás interceda por nosotros.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!



