El sentido de los preceptos es la esencia del amor
En aquel tiempo, un maestro de la ley se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús respondió: “El primero es este: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento y con toda tu fuerza. El segundo mandamiento es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que estos” (Marcos 12,28-34).
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Bien, el amor es el alma de la moralidad cristiana. En lo alto de la cruz, el Padre Celestial nos entregó las nuevas tablas de la ley: su Hijo Jesucristo. El mundo judío estaba siempre agitado, ¿verdad?, por la jerarquía de los preceptos presentes en la Torá, que era la ley judía. Había una gran preocupación por ordenar cuál era el mayor mandamiento, cuál venía primero.
De la contabilidad de los preceptos a la libertad del Amor
Pues bien, los doctores de la ley, que eran juristas, clasificaron la ley judía en 613 preceptos, de los cuales 365 eran negativos: “no hagas esto, no hagas aquello”. Esto porque 365 correspondían a los días del año. Y otros 248 eran preceptos positivos: “haz esto, haz aquello”. Y 248, en aquella época, correspondían a los huesos conocidos del cuerpo humano; es decir, durante toda tu vida, con todos tus días y con todo tu ser, necesitas obedecer a Dios.
Dos mandamientos y una única misión
Jesús propone, de manera sencilla, los dos preceptos principales de aquella gran lista: amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. El amor debe ser el trasfondo de todas las relaciones humanas, el motor de todo comportamiento moral. Todos nosotros tenemos dos rostros para contemplar: el de Dios y el del prójimo que está a nuestro alrededor.
Quien ama a Dios no deja de honrarlo en la participación dominical, en las palabras, en el lugar que le da en su corazón. Quien ama al prójimo lo respetará plenamente, sea una madre, un padre, una esposa, un amigo o un vecino. Quien ama no podrá ver al otro como un adversario contra quien competir, deseando tener lo que el otro tiene o hacer lo que el otro hace. El amor es, de hecho, el motor de toda la vida humana.
Por eso, amemos a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a nosotros mismos.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


