El mensajero abandona la omisión y, con su vida, da testimonio de Jesús
Jesús lava los pies de los discípulos y nos enseña que quien es anunciado es mayor que quien anuncia. El mensaje es mayor que el mensajero. Jesús es el mensaje; nosotros somos sus mensajeros.
Después de lavar los pies a los discípulos, Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: el siervo no está por encima de su señor, ni el enviado es mayor que quien lo envió. Si sabéis esto y lo ponéis en práctica, seréis felices” (Jn 13,16-20).
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Hermanos y hermanas, jamás deberíamos olvidar la dimensión del servicio. Lavar los pies nos conduce a esta actitud de servicio. Sirve verdaderamente a Dios quien no tiene miedo de ser humillado ni maltratado por amor a Jesús. Así es como seremos verdaderamente siervos del Señor.
El mensajero anuncia con su propia vida
Podemos ser humillados en el trabajo por manifestar la fe, o en la universidad, donde muchas veces la fe en Jesús se oculta y no se manifiesta públicamente. O incluso en casa: a veces nos callamos cuando hablan mal de Jesús y de la Iglesia delante de nosotros. Entonces debemos preguntarnos: ¿tenemos el valor de vivir la fe o nos dejamos envolver por el miedo y la omisión?
El combate contra la omisión
Si tenemos miedo de anunciar a Jesús, deberíamos recordar que una lámpara no fue hecha para estar escondida, sino para ser vista, para iluminar y disipar las tinieblas. Cada vez que anuncias a Jesús, contribuyes a que las tinieblas de este mundo y el mal sean disipados. No anunciar a Jesús es mucho más que vergüenza: es omisión. Es esconder la luz y el bien que el mundo necesita y espera.
Por eso, ten valor y anuncia. Habla de Jesús con tu propia vida y con tu testimonio. Cada vez que nos omitimos, el mal vence un poco. Pero nosotros queremos que el bien, que es Jesús y que es luz, disipe las tinieblas de nuestro corazón, porque el mal no tendrá la última palabra. La última palabra es la de Jesús sobre las tinieblas de este mundo. Si el mundo yace bajo el maligno, anunciemos a Aquel que nos libera para siempre de este mal.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


