Acogiendo la Verdad que Liberta y Salva – La Luz de Cristo
“En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: ‘¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? Al contrario, ¿no se pone en un candelero? Pues nada hay oculto que no haya de ser manifestado, ni nada secreto que no haya de ser descubierto. El que tenga oídos para oír, que oiga’.” (Mc 4,21-25)
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La palabra de Dios nos invita constantemente a salir de las sombras y permitir que Su claridad transforme nuestra existencia. En el Evangelio de Marcos, encontramos una metáfora muy utilizada en la enseñanza de Jesús: la luz de Cristo que ilumina el camino y revela la esencia del corazón humano.
El misterio revelado por la Palabra de Cristo
La dinámica de las parábolas es un recurso didáctico profundo utilizado por Jesús. Él utiliza comparaciones de lo cotidiano para revelar verdades espirituales que, de otra forma, permanecerían inaccesibles a nuestro entendimiento limitado. Al hablar de la luz, Cristo nos enseña que la verdad divina posee una naturaleza expansiva: no existe para ser ocultada, sino para brillar y orientar.
En este mundo, somos llamados a ser el reflejo de la luz de Cristo. Esta luz tiene la función vital de iluminar las tinieblas y las oscuridades existenciales que asolan tantos corazones. Cuando permitimos que la verdad divina brille a través de nosotros, ayudamos a quienes se han alejado a encontrar el camino de regreso al Señor, disipando las sombras de la duda y del pecado.
El autoconocimiento a través de la mirada de la misericordia
La verdad divina posee la capacidad única de revelarnos a nosotros mismos. Frecuentemente, enfrentamos dificultades para comprender nuestra propia identidad y propósito. Sin embargo, a partir de Dios, logramos conocernos de manera integral. Este proceso de descubrimiento ocurre fundamentalmente a través de la oración, que nos coloca ante el Creador para ser conocidos y amados.
Cuanto más intensa sea nuestra vida de oración, más intensamente seremos luz en el mundo. Es necesario cuestionarnos: ¿cómo es nuestra experiencia de ponernos ante Dios? Al mirarnos según la mirada misericordiosa del Padre, que desea solo nuestro bien, pasamos a vernos con más claridad y verdad, aceptando nuestro camino de conversión.
Aunque el pecado nos tiente a huir y escondernos, nada puede escapar de la mirada de la verdad divina. Esta mirada no es de condenación, sino de salvación. Debemos abrir nuestros corazones para ser alcanzados por esta luz que purifica y restaura. Que podamos, en este día, caminar en la transparencia del Espíritu, bajo la bendición del Señor que está siempre en medio de nosotros.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


