Un corazón insensible a las iniciativas del Padre
«Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible. Han oído con mala disposición y han cerrado sus ojos para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón, de modo que se conviertan y yo los sane. Dichosos sois vosotros, porque vuestros ojos ven y vuestros oídos oyen». (Mateo 13, 10-17)
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Hermanos y hermanas, estamos ante una parábola. ¿Y qué son las parábolas? Funcionan como un filtro: quien está abierto comprende más profundamente. Quien está cerrado escucha solo una historia y la considera superficial y sin sentido.
Una vida insensible y en automático
Pero el Evangelio dice que el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible. Muchas veces, nosotros también tenemos el corazón cerrado a las parábolas de la vida, que suceden constantemente con la presencia del Señor y con sus continuas iniciativas hacia nosotros.
Volverse insensible significa perder la capacidad de percibir lo que es verdadero y bueno. Un segundo aspecto es endurecerse interiormente: «No quiero cambiar, no quiero escuchar, no quiero cambiar de vida». El tercer aspecto es vivir en automático, sin apertura al cambio.
El estado humano y la decisión de vida
El texto describe dos estados humanos. El primero es el cierre. Tal vez tú camines con el corazón cerrado al Evangelio, cerrado a la Palabra de Dios; un corazón endurecido, de escucha superficial, de rechazo a la verdad y sin transformación. Pero existe otra realidad. Además del cierre, está la apertura, y esa es la realidad que debemos vivir, la que debe formar parte de nuestra vida.
Eso significa que quien camina con el corazón abierto tiene una percepción profunda de la realidad, de la verdad, de la escucha auténtica; y comprende que, en este día, nuestra actitud debe ser de acogida y apertura a la acción de Dios en nuestra vida. Por lo tanto, ¡ábrete!
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


