La verdad que no puede ser silenciada
Los sumos sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos no responderan al cuestionamiento de Jesús porque preferían permanecer en la mentira.
“¿El bautismo de Juan venía del cielo o de los hombres? Respondedme”. Ellos discutían entre sí: “Si respondemos que venía del cielo, Él dirá: ‘¿Por qué entonces no creísteis en Juan?’. ¿Debemos decir que venía de los hombres?”. Pero tenían miedo de la multitud, porque todos consideraban verdaderamente a San Juan Bautista como profeta. Entonces respondieron a Jesús: “No lo sabemos”. Y Jesús les dijo: “Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas”. (Mc 11,27-33)
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La verdad molesta, ella nos molesta y nos compromete. Quedarse con dudas es omitir sobre la acción de Dios en nuestra vida, es quedarse libre cuando hablamos de la vida de fe, es lo mismo que contribuir con el mal. Entonces, quien se omite contribuye con el mal.
La verdad que debe ser profesada con fe
La instancia de la fe, hermanos y hermanas, no es particular, pero publica. Por eso nuestras iglesias son abiertas: para acoger y para anunciar, y así debe ser nuestra postura en este mundo: donde estamos, necesitamos ser lo que profesamos, necesitamos ser católicos, vivir católicos.
No podemos, conscientemente, vivir en la mentira como los sumos sacerdotes, como los maestros de la ley y los ancianos que, por miedo de los que allí estaba, preferirán permanecer en la mentira. Permanecer en la mentira es no aceptar Jesús. Permanecer en la mentira es no reconocer Jesús.
Reconocer el Señorio de Jesús
Queremos y reconocemos Jesús como el Señor de nuestra vida. Profesamos nuestra fe. Jamás debemos ser omisos o isentos, porque, se así somos, vamos contribuir con el mal, pero esa no es nuestra vocación.
Nuestra vocación es anunciar la verdad, es anuncia Jesús, Luz del mundo, que disipa todas las tinieblas, que disipa las nuevas tinieblas y de aquellos que conviven con nosotros.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


