Alcanzar la salvación
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”. (Mateo 5, 43-48)
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El desafío de rezar por quienes nos hieren
Hermanos y hermanas, qué alegría escuchar esta palabra en este día: amar y rezar por los enemigos. Sin embargo, de hecho, cuando se habla de rezar por los enemigos, surge un sentimiento negativo en el corazón, ¿no es verdad?
El corazón arde de rabia de solo pensar en esa persona: “nunca la perdonaré”, “jamás rezaré por ella”, “no tengo valor”, “no soy capaz de rezar por ellos”. Pero es una invitación que Dios mismo te hace hoy: rezar para que ellos se salven y alcancen la salvación, del mismo modo que tú deseas la salvación y quieres ser salvo.
La oración como primer paso
El Evangelio no te está pidiendo demasiado; te pide que des ese primer paso, que es el paso de la oración. A veces el odio es tan grande en el corazón que uno no logra ni siquiera rezar por aquel que le hizo daño.
Pero entiende una cosa: cuanto más dejas que el odio crezca en tu corazón, más te vas corroyendo tú mismo. Te estás haciendo daño a ti mismo. Este proceso de rezar para que ellos se salven también te va salvando a ti, poco a poco, de ese odio que tanto mal te hace; ese odio que te carcome, que te impide vivir y que provoca que pases las 24 horas del día pensando en esa persona que ni siquiera te agrada, que odias, y te quedas pensando en ella todo el tiempo.
Elegir la obediencia y la liberación
Elegir rezar es también elegir, en cierto modo, la liberación. La otra persona será liberada, pero tú también vivirás esa liberación. No se trata de egoísmo, de rezar por la persona solo para que tú estés bien; no es eso lo que quiero decir.
Se trata de obedecer a Dios. La invitación es a que reces por ella. Ella estará bien, pero tú también lo estarás.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


