El Hijo del nos enseña a acoger con misericordia
Después de escucharnos el embate de Jesús con los fariseos sobre la cuestión del ayuno, el Señor, más una vez, entra enfrente con los fariseos; ahora, sobre el día de sábado.
El Evangelio de San Lucas, nos va ayudar a comprender que Jesús ha venido para liberarnos de toda y cualquier realidad que pueda alejarnos de la voluntad de Dios. En el versículo 5, el Evangelio nos habla el siguiente: Entonces Jesús les dijo: “El Hijo del hombre es Señor también del sábado”.
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Aquí, nosotros necesitamos comprender lo siguiente: los discípulos de Jesús estaban cogiendo choclo porque estaban con hambre. Eso provoco muchas críticas de aquellos que pusieran la ley por encima de la misericordia.
El Hijo del hombre y la critica al legalismo
Por eso escuchamos que “el Hijo del Hombre es Señor también del sábado”, para que nosotros salgamos del legalismo que puede impedirnos de vivir la misericordia. El Señor muestra que Dios no desea un corazón cerrado, peri una vida conducida por el amor y por la compasión. Es decir, las palabras “Hijos del Hombre” y “Señor del sábado” muestran profundamente quien es Jesús.
Él no ha venido para abolir la ley, pero para dar sentido a ella. El sábado, que era señal de descanso y alianza con Dios, no podía transformar en un peso para el hombre. La ley debe guiar la vida, pero debe sofocar la caridad, eso no puede ocurrir. Es decir, Jesús ha venido para dar pleno cumplimiento en la ley y para retirar los excesos.
La ley que conduce la vida sin sofocar el amor
Mientras los fariseos observaban los discípulos para condenar, Jesús mira para ellos para tratarlos con misericordia, pues das cuenta de la necesidad humana. Mientras unos ven una infracción, Cristo ve el hambre de aquellos que estaban caminando con Él. Nosotros aprendemos que la verdadera religión no es hecha solo de normas exteriores, pero de un corazón capaz de amar, comprender y acoger. Es eso que demos aprender con el Evangelio de hoy: amar, comprender y acoger.
Si nosotros vivimos eso, de hecho, nuestra fraternidad con los más cercanos, con aquellos que el Señor pone en nuestra vida, va ser una fraternidad movida por el Espíritu Santo. Es decir, nosotros no vamos mirar para el otro con acusación, ni con la mirada de condenación, pero, así como Jesús mira para los discípulos, vamos mirar con misericordia.
Que el Señor nos bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Amén!


