La Palabra de Dios exige de nosotros coherencia de vida
“Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios.” (Lucas 8,19-21)
Para que puedas reflexionar y comprender el vídeo necesitas ‘accionar el subtitulo en español’:
En el Evangelio de hoy, Jesús afirma: mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Lejos, hermanos y hermanas, de disminuir la dignidad de la Virgen María, el Señor revela precisamente su grandeza. Esto lo vemos en el texto de hoy.
La Palabra de Dios acogida con perfecta obediencia
María es bienaventurada no solamente por haber engendrado a Cristo según la carne, sino porque acogió la Palabra de Dios con perfecta obediencia. Ella escuchó, creyó y vivió enteramente para cumplir la voluntad divina. Así, con esta Palabra, Jesús enseña que el verdadero parentesco con Él nace de la fidelidad, nace de la obediencia, no solamente de lazos humanos o sentimientos pasajeros, que son arrastrados por el viento, por las cosas transitorias.
Vivimos tiempos en los que muchos desean un cristianismo, un catolicismo sin compromisos, reducido solamente a emociones o a opiniones personales. “Yo quiero crear mi cristianismo, yo quiero crear mi catolicismo, mis opiniones. Nosotros estamos atentos a la opinión de la Palabra, nosotros debemos mantener nuestro corazón vinculado al corazón de Dios, nosotros debemos superar las limitaciones de este tiempo.
La santidad nace de la fidelidad a la voluntad de Dios
Cristo es claro con nosotros, pertenece verdaderamente a su familia quien escucha la Palabra y la practica. Lo que exige la fe católica, exige coherencia de vida, perseverancia en la verdad y fidelidad a los mandamientos. No basta conocer el Evangelio, es necesario conformar la propia existencia a la voluntad de Dios, aunque esto exija renuncia, sacrificio, valentía ante el mundo. La santidad no nace de la acomodación, sino de la obediencia perseverante.
La Iglesia siempre ha enseñado que la Palabra de Dios debe ser recibida con humildad y transmitida sin adulteraciones, sin modificaciones. Por eso, el discípulo auténtico no adapta el Evangelio a las costumbres del tiempo, no lo adapta, sino que permite que el Evangelio transforme su vida. Entonces pidamos la intercesión de la Virgen María para que seamos verdaderos miembros de la familia de Cristo, que seamos firmes en la fe, constantes en la oración, fieles a los sacramentos y obedientes a la voluntad de Dios en todas las cosas.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


