Las Bienaventuranzas: El camino a la vida eterna
Estamos en un nuevo mes de este año, el mes de febrero, y hemos estado aprendiendo a través del Evangelio cómo debemos alcanzar la meta final: la vida eterna. Hoy vamos a aprender sobre las bienaventuranzas, que se encuentran en el Evangelio de San Mateo, capítulo 5, versículos del 1 al 12a.
Dice así la Palabra: “Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte y se sentó. Sus discípulos se le acercaron, y Él comenzó a enseñarles diciendo: ‘Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos'”. (Mateo 5, 1-12a)
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Buscar las cosas de la eternidad
Amados hermanos y hermanas, las bienaventuranzas no son simples consejos morales, sino que son la autorrevelación del corazón de Dios, el retrato del propio Cristo. Cada bienaventuranza vivida de forma concreta y verdadera nos va situando en el itinerario espiritual para alcanzar la santidad de vida; y, sin la santidad, no entraremos en el reino de los cielos.
¿Qué hicieron los santos y qué procuraron vivir mientras estaban en esta tierra? Como he dicho, las bienaventuranzas no son consejos morales, sino que son enseñanzas que nos acercan a lo que Nuestro Señor vivió en este mundo. El propio apóstol Pablo, en la carta a los Filipenses, capítulo 2, versículo 5, nos dice: “Tened los mismos sentimientos de Cristo”. Es decir: el amor, la compasión, la bondad, la acogida… todo esto se logra vivir a través de las bienaventuranzas.
La pobreza evangélica y la confianza en Dios
Por lo tanto, hermanos y hermanas míos, necesitamos comprender que la pobreza evangélica de la que escuchamos es la pobreza interior: el desapego total de las cosas de este mundo y el vivir en la total confianza en Nuestro Señor. Esto es vivir esa pobreza evangélica que la bienaventuranza de hoy nos propone. Es reconocer que todo viene de Él.
Cristo mismo es “pobre de espíritu” porque no se apoya en sí mismo, sino en el Padre. Si Cristo, siendo Dios, no se apoyó en sí mismo sino en el Padre, nosotros también somos invitados a apoyarnos en la gracia de Dios.
Ser pobre de espíritu es desapegarse, es vaciarse, es dejar las cosas de este mundo de lado y buscar las cosas de la eternidad. Que Jesús nos bendiga y que el Espíritu Santo nos santifique para vivir esta gracia de las bienaventuranzas.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


