Jesús nos liberta de la vida vieja y nos confía la misión
Hoy, en el Evangelio de Juan 21, 1-14, comenzamos a comprender que la resurrección de Cristo genera milagros, hace que los milagros sucedan cuando creemos. Hoy veremos el episodio de la pesca milagrosa y el encuentro con el Resucitado. Leamos este Evangelio con mucha atención para que nos lleve a la conversión.
“Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se manifestó de esta manera: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dijo: ‘Voy a pescar’. Ellos le respondieron: ‘También nosotros vamos contigo’. Salieron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.” (Jn 21, 1-14)
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Cuando Pedro dice: “Voy a pescar”, ¿qué significa? El regreso a la vida antigua, como los discípulos de Emaús. Simón dijo: “Voy a pescar”, y los otros respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Es decir, los demás también volvieron a la vida antigua.
Seguir a Jesús, hermanos y hermanas, es una decisión. No puede basarse solo en nuestros sentimientos, porque cuando llegue la tristeza, cuando el sufrimiento toque a nuestra puerta y cuando la cruz se vuelva pesada, necesitaremos la decisión de seguir a Jesús, incluso cuando no vemos nada.
El peligro de volver a la vida antigua
Solo los ojos de la fe pueden hacernos atravesar los momentos de confusión o de crisis, o cuando queremos volver a nuestro pasado, a lo que nos parecía seguro. Pero el Evangelio dice algo muy importante: aquella noche no pescaron nada. La noche, en la simbología bíblica, significa oscuridad, ausencia de Dios, oscuridad espiritual, esfuerzo humano sin la gracia divina.
El milagro de seguir adelante
Los discípulos trabajan, se esfuerzan, pero el resultado es vacío. Esto nos enseña algo profundo: sin Cristo, nuestros esfuerzos se vuelven estériles. Pero cuando Cristo aparece en nuestra vida, todo se hace nuevo, todo cobra sentido. La oscuridad pasa, la noche termina y el sufrimiento comienza a tener sentido.
Y logramos vencer, no por nuestros propios esfuerzos, sino por la gracia de Dios.
Que la fe en el Resucitado realice este gran milagro: nuestra conversión y nuestra decisión de seguir adelante, sin volver a la vida antigua.
Sobre todos ustedes, venga la bendición del Todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!


