10 May 2018

Dejemos Dios alegrar nuestro corazón

Dejemos Dios alegrar nuestro corazón, consolar, confortar y transformar todo nuestro llanto, todas nuestras lagrimas

“Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16, 20).

Hay una alegría fútil y mundana de las personas que se alegran por nada, que se alegran por el vacío de la vida, por cualquier cosa o con el mal de los demás. Es como dice la expresión: “Alégrese hasta incluso con las desgracia de los demás”.

Hay una alegría en el mundo que se burla de las personas, que es movida por el alcohol y por los placeres mundanos y pasajeros. Eso, sin embargo, no es alegría, pero futilidad, huida del verdadero sentido de ser alegre.

El Padre es el Dios de la alegría. Él no es el Dios de la tristeza. El Señor no nos quiere tristes; por el contrario, Su Palabra esa diciendo que Él transforma nuestra tristeza en la alegría que viene del corazón de Él; alegría de tener la paz y saber sufrir por causa de Él y por tantas otras situaciones. Así, encontramos un motivo para alegrarnos y exultar, porque pertenecemos a Él.

Aunque pasemos por el valle tenebroso de la sombra de la muerte, aun que experimentemos tantas aridez en esta vida, aunque tengamos que soportar tantas tribulaciones, porque es por medio de ellas que nos purificamos y abrimos las puertas del Reino que Dios nos llama.

No tengamos miedo de las dificultades, de las pruebas, de las situaciones adversas, porque el Señor nos conduce en todas ellas, y mismo en medio a las tristezas o motivos para quedar tristes, la alegría del Señor es nuestra fuerza, es nuestro alimento y nos conduce en el medio en que vivimos. No nos engañemos, porque la alegría del mundo es una alegría fugaz, momentánea e hipócrita. La alegría plena es aquella que viene del corazón de Dios.

Dejemos el Señor alegrar nuestro corazón, consolar y transformar todo nuestro llanto, todas nuestras lagrimas, en aquella que va ser la alegría sin fin, cuando estamos plenamente en Su presencia. Pero esa alegría no es solo para la otra vida, porque estamos experimentado los frutos de la resurrección en nosotros. El fruto de la resurrección en nuestra vida es la paz y la alegría que viene del corazón de Dios.

¡Dios te bendiga!


Padre Roger Araújo

Sacerdote de la Comunidad Canción Nueva, periodista y colaborador de la Página Canción Nueva. Contacto: padrerogercn@gmail.com – Facebook

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